“EL HOMBRE INVISIBLE” O “GIGES” EN LA CASA ROSADA
Por Juan Maya
Hay novelas que de ciencia ficción que alimentaron la imaginación de millones de personas de todas las edades. Sobreviven al paso del tiempo, y ya casi son “incunables” que nos hablan de la condición humana, las buenas y también las malas.
“El hombre invisible”, publicada en 1897 por H. G. Wells, no fue solo una historia de ciencia ficción, fue una advertencia sobre el poder cuando se lo desvincula de la responsabilidad social.
Un compañero y amigo me trajo el agradable recuerdo de su lectura y también me hizo recordar el “mito de Giges” que relata Platón en el libro II de “La República”. Es a partir del cruce de los textos que intento interpretar la obra de Wells y el mito de Platón en clave social y política de Argentina 2026.
Ambos relatos, separados por siglos, parecen dialogar entre sí para hablar del poder y sus riesgos.
En la novela de Wells, el personaje Griffin descubre cómo volverse invisible y cree haber alcanzado la libertad absoluta. En La República de Platón, Giges encuentra un anillo que le permite desaparecer de la mirada ajena y, protegido por esa impunidad, termina asesinando al rey para quedarse con el poder. Ambos relatos coinciden en algo inquietante: cuando el control social desaparece, los límites éticos y morales se vuelven “resbaladizos”.
El hombre invisible de Wells y el mito del anillo de Giges narrado por Platón parten de una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando alguien adquiere la capacidad de actuar sin ser visto ni juzgado? cuando su accionar es impune. Acá se juegan valores éticos y morales.
Los personajes del diálogo platónico afirman que para el hombre es más fácil ser injusto que justo aprovechando que no es visto. Aún hoy, al menos, la mitad de la sociedad argentina se empeña en no ver las consecuencias injustas de las políticas de ajuste del gobierno del psicópata.
UN PAÍS DE DESENCUENTRO
“Qué desencuentro. Si hasta Dios está lejano. Sangrás por dentro. Todo es cuento, todo es vil…”
No hay mayor vileza que pegarle a los jubilados y a los discapacitados y proponer una reforma laboral para destruir los derechos conquistados durante décadas por los trabajadores. Y en el Congreso hay una mayoría de tipos que dicen ser representantes del pueblo que están dispuestos a aprobar esa ley.
En la Argentina actual, la figura del hombre invisible ofrece una metáfora incómodamente precisa para pensar el experimento político encabezado por los libertarios. El psicópata es “invisible”, es decir impune, para amplios sectores sociales que no solo integran los ricos sino también las mal llamadas clases medias y bajas de manera horizontal.
En la novela de Wells, Griffin -el científico que logra volverse invisible- cree haber alcanzado una libertad absoluta, cualquier parecido con el que habla con perros no es casualidad. El psicópata cree que no debe dar explicaciones, ya no responde a reglas comunes, ya no necesita ser visto para actuar, dice y hace lo que quiere pues sabe que nada pasará, al menos por ahora. La invisibilidad, sin embargo, no lo libera, lo deshumaniza. Lo convierte en alguien que observa a la sociedad desde afuera, sin empatía, y termina enfrentado con ella. Algo similar parece ocurrir cuando un gobierno se concibe a sí mismo como ajeno a las mediaciones políticas, sociales y culturales que componen una nación.
LA INVISIBILIDAD ES DE HECHO UNA RUPTURA CON LO COLECTIVO
El mito del anillo de Giges nos transporta a la acción no sólo del psicópata sino a la corte de alcahuetes que lo rodean, Sturzenegger, Caputo, Adorni entre otros. Parece que el anillo simboliza la tentación de la impunidad para todos en el gobierno libertario.
Como Griffin, que no comprende el daño que provoca porque solo ve su propio experimento, el oficialismo parece mirar la realidad social desde una abstracción económica. Mienten porque para ellos los números importan más que las personas. La inflación puede bajar en el relato, pero no en la realidad de la vida cotidiana.
¿EL PSICÓPATA SE ESTÁ QUEDANDO SOLO?
En la novela de Wells, la invisibilidad lleva inevitablemente al aislamiento. Griffin desconfía de todos, interpreta cualquier resistencia como una conspiración y responde con agresividad creciente.
Cualquier semejanza con el gobierno libertario no es casualidad. Esa dinámica también puede rastrearse en una lógica política que divide el mundo entre “casta” y “gente de bien”, suponiendo que la “gente de bien” son ellos y la “casta” los trabajadores, los jubilados, los docentes, los discapacitados, etc. El clima de confrontación es permanente. Hay dos modelos de país en disputa, uno, el libertario conectado al respirador de Donald Trump, el otro aún en desarrollo y en disputa entre sectores de la oposición
La invisibilidad, entonces, ya no es solo del gobierno que actúa con impunidad frente a la sociedad, sino también de amplios sectores sociales frente al poder al que no le interesa tirar por la borda a medio país.


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