APUNTES PERONISTAS (VIII) | Los 18 años de resistencia y exilio.|(Parte II) – El sindicalismo. Desde la resistencia hasta la traición de los intereses de los trabajadores.
Por Daniel do Campo Spada
(TV Mundus – CEDIAL)
La caída del peronismo no se iba a limitar a un simple recambio de personas en la Casa de Gobierno. Tras diez años de justicia social, el pueblo trabajador pasó de la sorpresa y la tristeza original ante el derrocamiento de Juan Domingo Perón a una resistencia que fue forjando un nuevo tipo de militantes y dirigentes. El movimiento obrero organizado, considerado la columna vertebral del movimiento nacional justicialista, salió de la pasividad complaciente que les daba un gobierno aliado que reivindicaba los derechos sociales. Había comenzado una etapa en la que a raíz del giro del Estado fueron forzados a trabajar con la realidad social que excedía los simples reclamos sindicales. Debían luchar por un modelo de país, saliendo de una tarea meramente negociadora de salarios.
No todos sin embargo tomaron posturas en favor de la soberanía popular. Algunos dirigentes sindicales pactaron con los militares, que se habían convertido en un actor político que se arrogaba a sí mismo el derecho de ser el garante de la nacionalidad y la gobernabilidad, como es el caso de la CGT, que apoyó el golpe del General Juan Carlos Onganía contra Arturo Illia en 1966. En un manifiesto que firma Rogelio Coria2, Secretario de Prensa, Cultura y Actas, dice en representación de la Confederación General de Trabajadores “el movimiento militar que el 27 de junio tomó el Poder, constituye un hecho nuevo e históricamente asume una gran responsabilidad, ante la atenta expectativa que indiscutiblemente ha concitado en el País”.

Augusto Vandor
Augusto Timoteo Vandor se había convertido no solamente en un emergente dirigente sindical sino en un aliado de los militares y su modelo de país con clases trabajadoras laboriosas, sumisas y alejadas del modelo insurreccional que en distintas vertientes comenzaba a surgir. Paralelamente a esa dirigencia que era partidaria de un pacto “sin Perón”3 surgen los denominados gremios combativos, compuestos por frentes que superaban los límites de la militancia peronista. A estos se les agregaban sectores de izquierda, tanto socialistas como troskistas o comunistas, sin olvidarnos de sectores cristianos.
Los cristianos se movían en un momento en que por el continente se esparcía la denominada corriente de curas del Tercer Mundo con figuras representativas en la opción por los pobres, basados en la Carta Encíclica Populorum Progressio4 sobre el desarrollo de los Pueblos, que tuvo un papel dinamizador en la Iglesia Católica. Hoy quedan pocos vestigios como consecuencia de la restauración conservadora llevada a cabo por Juan Pablo II desde 1978. Por el contrario Pablo VI, sin ser revolucionario, había dado lugar a una nueva interpretación de la Doctrina Social de la Iglesia. En seminarios, retiros espirituales, acciones de base y publicaciones universitarias se daba una confluencia hasta ahora irrepetida entre Cristianismo y Liberación5.
Dos tipos de conducciones sindicales quedaban a la vista. Una de tipo dialoguista con los gobiernos de facto, conocidos como “burócratas” o “colaboracionistas” (entendiendo aquí el concepto de traición al Perón proscripto) y los “combativos”, apelando a un reclamo inmediato de retorno del líder. Entre estos últimos había no peronistas que luego de un furioso anti justicialismo (que incluso los llevó a festejar el derrocamiento del 55) se habían convencido en gran parte en que era la única opción a gobiernos conservadores.
Hablar de resistencia implica un ataque previo. Desde 1955 en adelante, los golpistas no solo intervinieron las comisiones gremiales internas en cada fábrica, los sindicatos díscolos y sus obras sociales, sino que además se modificaba definitivamente la estructura económica devolviéndole a los sectores pudientes la capacidad de apropiación de la riqueza nacional. La disolución del IAPI, organismo que centralizaba desde el Estado el comercio exterior redirigiendo estratégicamente los excedentes hacia obras sociales o de fomento en transportes, salud y educación era el claro ejemplo de los nuevos tiempos que eran un retorno a la Argentina conservadora. Con la llegada de Aramburu al poder, los militares retrocedían a la etapa previa del peronismo. Los derechos sociales ganados, consolidados en leyes pero fundamentalmente en la Constitución del 496 quedaban anulados al restaurar por decreto la Carta Magna mitrista.

La oposición antiperonista celebró la dictadura golpista de 1955 en adelante.
Con el descabezamiento de los sindicatos combativos, los militares impulsaron a tomar al mando a la generación siguiente, mucho más joven y nacida puramente en el peronismo. Las segundas y terceras líneas que se veían sorprendidos por la historia para tener que conducir tempranamente una lucha le imprimieron un nuevo cariz a los paros, la toma de plantas y las manifestaciones callejeras. La toma del frigorífico Lisandro De la Torre, donde los ejecutivos quisieron implementar un caso testigo de flexibilización de las condiciones laborales llevadas al extremo de las posibilidades físicas de sus obreros, fue la llama que despertó a muchos a repetir esas prácticas. Entre 1956 y 1957, los trabajadores empiezan a hacer asambleas repentinas a pesar de la prohibición de los militares. Los interventores ordenaron la militarización de las fábricas y muchos representantes gremiales sufren la cárcel, las torturas o bien deben huir en la clandestinidad por años.
Los uniformados se ven obligados en 1957 a ceder la regional de la CGT de la zona más industrial del país, la de Córdoba. El Secretario General era Atilio López, de la Unión Tranviarios Automotor (UTA), un gremio estratégico para paralizar las actividades económicas. Desde allí se forzó hacia otras regionales que se fueron recuperando agrupándose bajo la denominada “antisindical”, que terminaron en un Congreso Normalizador de la CGT nacional en la que se enfrentaron los gremios que estaban en la colaboración y los que por el contrario se planteaban una resistencia activa. En medio de las acaloradas discusiones, se retiran 32 sindicatos pro gobierno de facto y queda un núcleo peronista que conformó las “62 organizaciones”.
El paro nacional del 27 de septiembre de 1957, con una aceptación considerable demostraba que más allá de la prohibición de mencionar las palabras “Perón”, “Evita” o “peronismo” no podían borrar la memoria colectiva de una década de reivindicaciones sociales.
La CGT de los Argentinos y el contexto de agitación política.
Dentro de los sectores combativos se fue gestando una CGT distinta a la vandorista, que en 1968 se sintetizó en la autodenominada CGT de los Argentinos. El Sindicato de la Federación Gráfica Bonaerense7, del cual provenía el dirigente Raimundo Ongaro considera que hubo tres momentos determinantes como fueron el Programa de La Falda (1957), el de Huerta Grande (1962) y el del 1° de Mayo (1968, redactado por Rodolfo Walsh).
Según Julio Godio8, no solo los militares sino los partidos políticos cívicos que apoyaron el derrocamiento del peronismo querían desideologizar a la clase obrera, pero los trabajadores habían consolidado un sentido de pertenencia emocional a Juan Domingo Perón y María Eva Duarte que ninguna de las corrientes socialistas, comunistas o meramente sindicales pudo ocupar. A pesar de la férrea censura en los medios de comunicación, la destrucción de la profusa iconografía peronista9 en los corrillos, en las conversaciones cotidianas, se susurraba la idea del retorno.
En 1958, los militares intentaron salir de su desmanejo con una democracia controlada, con proscripción del movimiento más fuerte que a todas luces era el peronismo, llegó al gobierno (no al poder) Arturo Frondizi, con uno de los dos sectores en los que se había dividido el radicalismo (UCR Intransigente y UCR del Pueblo, que respondía a Balbín). El movimiento obrero apoyó al frondizismo porque Perón desde el exilio le hizo un guiño para conducir un proceso que derivara en un retorno a una democracia plena. El único gesto que hizo el Presidente fue llamar a elecciones provinciales en marzo de 1962 en las que los justicialistas ganaron ocho provincias, tras lo cual las intervino antes de que asumieran los gobernadores elegidos.
Quienes tenían el poder eran los militares y en forma de “planteos” le decían al desarrollista lo que debía hacer. La resistencia sindical comenzó a crecer cuando el Ministro de Economía Alvaro Alsogaray congeló los salarios y liberó la inflación, licuando violentamente los costos para los empresarios pero derrumbando todas las conquistas de los trabajadores. Cuando la resistencia fábrica por fábrica empezó a crecer presionada por tamaño atropello, en marzo de 1960 el mandatario implementó el Plan Conmoción Interna del Estado, tristemente conocido como Plan Conintes en el que los desalojos y control de las fábricas o manifestaciones callejeras quedaron a disposición del criterio de los militares responsables de las jurisdicciones en que se produjeran.
A pesar de la entrega de lo sustancial del poder los militares necesitaban en el sillón de Rivadavia a alguien más dócil y por ello lo derrocan en marzo de 1962 y lo llevan detenido a la isla Martín García en medio del Río de la Plata. En su lugar ponen al Presidente del Senado José María Guido quien cerró el Congreso y llamó a dos Ministros de Economía sucesivos representantes de empresas e intereses extranjeros y profundamente anti trabajadores como Federico Pinedo y el ya mencionado Alvaro Alsogaray, quien asumía nuevamente en pocos años.
En ese contexto adverso se reunieron los sindicalistas combativos y emitieron el Programa de Huerta Grande en 1962 que manifestaba una clara oposición a lo que el gobierno llevaba adelante. A siete años del derrocamiento, proscripción y profusa campaña en contra de todo lo que fue el justicialismo no lograron que desapareciera el principal actor de la política contemporánea. Los militares no lograron que en la mente de la clase trabajadora algo ocupara su lugar. Las únicas vertientes que históricamente se ocuparon de los obreros y los campesinos fueron el socialismo y el comunismo y los militares, alineados con Estados Unidos en una incipiente guerra fría por el contrario los perseguían. Ningún sector burgués podía llenar ese vacío. Por el contrario, lejos de las diferencias que los separaban en pleno proceso justicialista muchos sectores de izquierda se unieron en las bases al coincidir las luchas. Cuanto mayor era la presión oligárquica menores parecían las diferencias teóricas. La lucha y la resistencia unían mucho más que las discusiones en una mesa de café.
Sindicalistas como Agustín Tosco, Amado Olmos, o intelectuales como Rodolfo Walsh u Osvaldo Bayer podían sentir que estaban del mismo lado a pesar de sus diferencias ópticas10.
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